La misma impotencia. Esa de cuando se muere alguien y sabes que no hay vuelta atrás. Que no va a haber una próxima vez. El mismo punzón clavado entre la garganta y el latido, como si se acabara el mundo. Pero no se acaba. Estas a la vuelta de la esquina, con perimetral, bozal y olvido. Y yo acá, con el precipicio a mis pies.