Hay una invasión
-no tengo en mi haber las palabras
capaces de describirla-.
Algo sube y se instala
entre el iris y los párpados,
entre la garganta y el plexo.
Eso sabe a ocre, al sol cayendo
agobiado de silencio.
Se siente como el barullo del mar,
muy de lejos, como cuando acercamos
un caracol al oído
ilusionados con poder afirmar
que ahí dentro vive toda la marea.
Y si, casi siento la arena, cada grano.
Me hundo. Quiero hundirme.
No vamos a ver ese atardecer ni otro.
Ni desvelarnos.
Lo demás seguirá igual.
Las manos, el metro cuadrado,
mis ojos cerrados de anhelo,
nublados, ciegos, mojados.
Tiemblo todo el tiempo, todo.
