No es un día de melancolía.
Es como si se mezclaran los rayos de tormentas con los rayos de sol y los rayos de bicis voladoras.
Hace algunos años descubrí la esencial receta de una compañía infalible, y aunque lejos, constante.
Cuando en los inmaduros años correntinos capitalinos asomaban, con cervezas y veredas sin dueños de por medio, algunos berretines y fiestas poco clandestinas... en ese mismo horizonte, no menos que un sol, la estrella surgía.
Amarilla, ella. Él, como un cascabel alborotado y alegre implacable, apareció también. Cruzaba todos los días el puente. Resistencia.
Eran aquellos los tiempos de dudas por ignorancia, pero con ingenua soberbia sobrepasábamos todas las medianeras de cocobarreda y otras yerbas.
El sigiloso puerto siempre de puertas abiertas acompañaba los pasos que nos hacían reír y descubrir cualquier cosa que se nos antojara. Y si caían la noche y los ojos, su muelle nos asilaba... y buen lugar sabíamos hacernos.
Todos los grafitis de las calles nos pertenecían.
Notas desequilibradas, y sin ritmo a veces, de Fito resonando en nuestras bocas, siempre a coro y de la mano, siempre significativas, siempre cambiantes.
Sofisticados escribimos, desaforados bailamos, expectantes leímos, también nos arropamos... siempre presentes como la luna.
Lo mismo pasa con las estrellas, mi amigo es la más brillante de todas, amarillo y de ojos chinos, como todo ese universo y la memoria incansable e inmensa que aloja cada segundo.
