No le sacaba los ojos de encima.
Él la miraba fascinado,
la peinaba con los dedos
y con cada exhalación.
Los segundos valían oro,
se notaba. Así era.
Por eso no era capaz
de desperdiciarlos.
Ella se tumbó, se entregó
a ese lecho improvisado
en medio de una plaza
a plena luz del día.
La eternidad palpitaba,
me hablaba al oído
mientras los observaba
desde lo alto de la ventana
-por largo rato-.
Nos los vi besarse,
no les fue necesario.
💛
