336 horas

 


Ese espacio entre tus costillas, 

ese huequito ínfimo 

redondeado por las yemas de tus dedos

y el mensaje que me llega. 

Ese punto sutil que dura un segundo

cuando tus pupilas se mueven a hablarme. 

Todo lo mínimo y efímero

se vuelve mundo. 

El oxígeno para sobrevivir un buen rato, 

hasta comenzar un nuevo letargo. 

Trescientos treinta y seis horas es mucho tiempo

para aguantar debajo del agua.