ese huequito ínfimo
redondeado por las yemas de tus dedos
y el mensaje que me llega.
Ese punto sutil que dura un segundo
cuando tus pupilas se mueven a hablarme.
Todo lo mínimo y efímero
se vuelve mundo.
El oxígeno para sobrevivir un buen rato,
hasta comenzar un nuevo letargo.
Trescientos treinta y seis horas es mucho tiempo
para aguantar debajo del agua.
