Del norte que me crió, traje el rocío temblando en la punta de la
nariz
y ahora abrazo un tronco tibio de frutos fuertes.
El paso se hacía lento por aquella tierra llena de
historia,
se levantaba la polvareda y
justo a la hora en que el sol baja para su puesta
relinchan caballos sin ganas de civilización,
se aflojan la cincha, levantan las patas y resisten al
agua.
Yo sigo arrastrando los pies desnudos sobre el pasto,
me vuelvo raíz entre lo verde. Lo que soy.
La niebla no es más que el vapor del mate,
ahí reposando, sobre un banco viejo
realzando el paisaje y trayendo memorias.
Qué falta de apuro sostengo en mis ganas
ahora tan sólo corro para no perderme el amanecer
y tu voz vagando siempre cerca.
Qué falta de apuro sostengo en mis ganas
ahora tan sólo corro para no perderme el amanecer
y tu voz vagando siempre cerca.
