“Acaso en la Soledad
no haya dolor “...soltó él junto con una bocanada de humo ondulante de su puro
cubano. Sabía que ella, sentada de piernas cruzadas, una encima de la otra, en
la antigua asana de loto, inmersa en su mundo sutil de la evasión meditativa,
lo escucharía. Y, aunque con unos segundos de retraso por supuesto, ella reaccionaría.
. .
Sus ojos estaban
cerrados, su espalda perfectamente recta, sus chackras alineados. Y su
mente sólo lograba danzar de nube en nube entre el éxtasis de la creación y la
desesperanza de esos sueños que no pudieron ser....Eso era lo que más le
gustaba a él de ella. Confrontarla. Y su cuerpo. Podía pasar horas inventando
ideas ridículas, geniales, ilusorias, tomando gin tonic y mirándola con recelo, deseo
y hasta algunas veces con superioridad de jugador de ajedrez en situación
inminente de jaque mate, sólo para divertirse en ese mundo pequeño - y paralelo
- que su amor había creado. . .
-Tres libras de
lino -" musitó ella un antiguo koan con una sonrisa entre
dientes. Sabiendo -y disfrutando - lo que vendría.
"- Señorita,
le recuerdo que en esta casa no se habla de ni de política ni de religión -", le
contestó él en tono irónico y paternal y se levantó rumbo a la cocina.
Tomó el vaso labrado
de cristal del estante de madera. Ese mismo vaso que su abuelo había utilizado
para tomar cada una de las noches de su vida un buen whisky on the rocks. Abrió
la heladera y tomó del congelador la botella de gin.
Los movimientos de
él llamaron la atención de ella. La energía que destilaba. Ella sabía que había
en él algo extraño, algo místico. Eso había sido lo que la había atraído hacia
él apenas se conocieron en esa casa antigua de escalera de mármol frío y pisos
de madera confortables en el antiguo barrio de San Telmo (o puede ser un bar
largo y moderno, con techo inalcanzable de Palermo).
El tenía una mirada
diferente. Una tristeza creativa. Una flagelación consciente....
...... Incontables
veces ella había intentado penetrar ese muro insondable
...... Felizmente
para él, no había grietas...
El llevó el vaso
frío contra su frente y repitió por enésima vez el chiste que sólo
ellos entendían. Ella lo miró con una sonrisa brillante y rió a carcajadas. Eso
era lo que a él le gustaba: hacerla reír. Ella se levantó de
su almohadón de meditación y dio un salto hasta la biblioteca ubicada en la
pared al lado del ventanal abierto. Era un día apacible, tranquilo. La brisa
que entraba desde la calle hacía volar las cortinas de seda traídas de la
India. Ella, con su dedo índice fue buscando uno tras otro el libro
elegido. Al encontrarlo lo tomó y se giró para mirarlo a él. El la miró con
respeto inocente. Con tono serio, soberbio y maternal ella leyó:"- Y
el Buda dijo: Las penas, lamentaciones y sufrimientos de múltiples formas
que existen en este mundo se producen a causa de algo querido. Por esto, son
felices y están libres de dolor aquellos que no tienen en este mundo nada
querido. Si aspiras al estado libre de dolor y de pasión, no tengas nada
querido en ningún lugar de este mundo. Cierro cita-", dijo orgullosa,
esperando que él contestara."- ¿Tampoco vale tener un amorío, entonces,
con una chica de otra provincia? -"dijo él sonriendo,
escondiendo, claro está, su tristeza..."- Pareciera que tampoco
vale que a mí misma me des un beso.".
Los dos quedaron en
silencio. Sintieron en su alma tanto el dolor como el amor y la
impermanencia de ambos. Se miraron a los ojos por unos segundos. Eso
era lo que les gustaba al uno del otro: saberse que se pertenecían, muy a
pesar de la vida.
Ella salió del
trance. Miró hacia el suelo y decidida tomó su bolso."- Es tiempo
de irme. - ...Está anocheciendo...". El la miró sintiendo la
soledad que en unos segundos lo envolvería. La vió irse hasta que ella logró
perderse entre la gente de esa calle concurrida a esa hora de la tarde, en esa
ciudad sin respiro. Ella, caminó y caminó en soledad, sólo para
liberarse del dolor.
texto : soraya souto.