
Lo que me gana es un abrazo, ya no hay dudas, o un beso apasionado y sin razón.
El sincero y perfecto gesto, que nace, surge y se alza sin que alguien lo guíe, sin que yo lo espere.
Nadie se me vuelve más respetable, como quien se entrega, así, sin más vueltas. Y entonces caigo con todo lo que me comprende, con todo lo que de mi sale, a esos pies. Entera.
Y si se estira esa mano a acariciar mi frente o buscar mis brazos o secar mi llanto, todo el universo y las flores se llenan de mi y doy hasta lo que no tengo.