
Desmenucé aquel cuento una tarde,
cuando intentabas peinarme las pestañas con tu espejo.
Nunca más la baldosa dejó que la pisara,
me humedecía los ojos cada vez que miraba al suelo,
y sin embargo, cuánto me gustaba!
No sirvió el vidrio negro sobre las pupilas
mientras el trago cortaba los hilos de saliba.
Qué descuido! Bajo la lupa de lo irreal
volví a encajarme en tu ritmo
Hablabas de felicidad ahora,
sonabas tan convencido y yo era tu blanco.
Todavía dudaba del sentido de algunas cosas,
pero no me atormentaba
con buscar las palabras más correctas,
aunque todavía los días de trenzas y arena
volaban como mosca en mis oídos.